Las siete máximas

Enrique Riera Castellano fue un gran abogado, para muchos el mejor que jamás conocieron. La mayoría de las cosas importantes que ahora sé de esta profesión me las enseñó él, sin embargo puso más empeño en nuestra gran amistad y en ayudarme a poseer mi alma que en el estricto aprendizaje de la abogacía, solía repetirme "con la paciencia poseeréis vuestra alma".
Me sorprendió especialmente que cuando yo, al poco de empezar mis prácticas jurídicas con él, estaba afanado en aprender a redactar escritos o a buscar la mejor jurisprudencia, él me dijera "la técnica la aprenderás en 2 ó 3 años, ¿qué vas a hacer después?", y me insistía ya desde un inicio en que leyera buenos libros, que buscara la Verdad y conversábamos horas y horas sobre las grandezas y miserias de las personas, las mismas que iban a traer sus problemas a la mesa de nuestro despacho.
Su repentina muerte (54 años) me llevó a recoger todas las notas, mails, chats y demás consejos que me expresó durante su vida, y al darlos lectura me sorprendió que, aún 10 años después de comenzar a ejercer, me siguiera insistiendo en lo mismo que al principio, fue en ese momento cuando advertí que lo verdaderamente importante seguía siendo "el arte de ser persona". Nunca me dio formalmente las 7 máximas para ser un buen abogado, pero fiel a su recuerdo y legado, estoy convencido de que él mismo las hubiera firmado ya que responden a las ideas que más importancia dio los años que yo le conocí y en los que fue mi maestro en la abogacía y, sobre todo, mi mejor amigo.
Sergio Sanjuán Urdiales.
Fundador de Sanjuán abogados.
El abogado primero ha de ser buena persona, solo así podrá ser después buen abogado.
El conocimiento de la técnica legal está al alcance de muchos licenciados en derecho, el abogado además ha de ser persona culta y serena, solo así podrá solucionar los problemas del cliente.
Hay que partir siempre de la realidad jurídica, sin que los deseos del cliente, o los deseos que tiene el abogado de agradar al cliente nublen el juicio profesional.
El abogado debe manifestar siempre la opinión jurídica real del caso aún a riesgo de que piense que ello pueda hacerle perder al cliente.
La comprensión del abogado hacia su cliente ha de ser infinita, sin olvidar que el problema no es suyo, pues solo así podrá resolverlo con independencia y objetividad absoluta.
El abogado debe prodigarse más en las soluciones profesionales que en las relaciones sociales.
Para algunos la abogacía es una técnica, para otros incluso una ciencia, para el buen abogado su profesión ha de ser además un arte, que empieza por el arte de ser persona.

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